¿Con prisa? Genera un resumen rápido de este artículo.
La latitud es fácil. Desde la antigüedad, un navegante mide la altura del sol a mediodía, o de la estrella polar de noche, y sabe a qué distancia está del ecuador. La longitud, cuánto al este o al oeste, es otra cosa: la Tierra gira, y no hay en el cielo ninguna referencia fija que te diga en qué meridiano estás. Durante los siglos de la navegación a vela, los barcos cruzaban el océano sabiendo su latitud y estimando su longitud por la velocidad y el rumbo, y se equivocaban de decenas o cientos de kilómetros. El resultado fueron naufragios en serie. El que colmó la paciencia de Inglaterra fue el de 1707, cuando cuatro barcos de la Armada, convencidos de estar en mar abierto, se estrellaron contra las islas Sorlingas y murieron entre mil quinientos y dos mil hombres.
La longitud es una hora
La solución teórica se conocía desde hacía más de un siglo: la longitud es tiempo. La Tierra gira 360 grados en 24 horas, quince grados cada hora, un grado cada cuatro minutos. Si sabes qué hora es en tu puerto de salida y qué hora es donde estás (eso lo da el sol, a mediodía), la diferencia te dice tu longitud. El problema era la primera mitad: ningún reloj de 1700 guardaba la hora de casa durante meses en un barco que se balancea, se moja, pasa del calor del trópico al frío del Atlántico Norte, inutiliza los péndulos y espesa los aceites. Newton, consultado, opinó que un reloj así era impracticable y que había que buscar la respuesta en la astronomía, en la posición de la Luna respecto a las estrellas, que es el mismo reloj para todo el mundo. Casi todos los sabios estaban de acuerdo.
En 1714, el Parlamento británico aprobó el Longitude Act: hasta 20,000 libras, una fortuna de varios millones de hoy, para quien diera un método con un error de medio grado tras un viaje a las Indias Occidentales. Creó una Junta de Longitud para juzgar las propuestas, y durante años la Junta no juzgó casi nada, porque lo que llegaba eran disparates.
El carpintero
John Harrison nació en 1693 en Yorkshire, hijo de un carpintero, y aprendió el oficio de su padre. No tuvo formación de relojero: su primer reloj, un reloj de pared de madera que todavía existe, lo construyó con veinte años sin haber pisado un taller. Lo que tenía era una cabeza que no aceptaba el rozamiento como inevitable. Inventó un péndulo que compensaba la temperatura con dos metales de dilatación distinta (la «parrilla», el principio que las espirales de aleación resolverían dos siglos después) y un escape de saltamontes que no necesitaba aceite. Con eso se presentó en Londres, en 1730, a contar que podía construir un reloj de mar.
El resultado fue el H1, terminado en 1735: una máquina de latón de 34 kilos, sin péndulo, con dos balancines unidos por muelles para que el movimiento del barco afectara a uno y al otro en sentido contrario. Viajó a Lisboa y volvió en 1736, y en el regreso corrigió el cálculo del navegante en un centenar de kilómetros. La Junta le dio dinero para seguir, y Harrison hizo lo que haría toda su vida: en vez de reclamar el premio, pedir tiempo para hacerlo mejor. El H2 (1739) no llegó a probarse en el mar; el H3 le llevó diecinueve años y le enseñó, sobre todo, lo que no funcionaba. Llevaba casi tres décadas en el problema cuando lo resolvió por un camino que nadie esperaba, él incluido.
El H4: el reloj que cabía en la mano
En 1759 Harrison terminó el H4, y no se parecía a nada de lo anterior: era un reloj de bolsillo grande, de trece centímetros de diámetro y kilo y medio, con un volante rápido, un escape con rubíes y diamantes para reducir el rozamiento y una compensación de temperatura en el propio regulador. El relojero de 66 años había descubierto que el camino no era una máquina enorme e inmune al barco, sino un reloj pequeño, rápido y bien compensado, que es exactamente lo que es un cronómetro marino desde entonces y lo que es, en miniatura, un reloj de pulsera.
La prueba fue en 1761. Su hijo William embarcó con el H4 en el Deptford rumbo a Jamaica, un viaje de 81 días. Al llegar, el reloj había perdido cinco segundos: un error de longitud de poco más de un minuto de arco, muchísimo menos que el medio grado del premio. La Junta de Longitud, dominada por astrónomos, respondió que podía haber sido suerte y exigió una segunda prueba. En 1764, William volvió a embarcar, esta vez a Barbados, y el H4 se mantuvo dentro de 39 segundos en 47 días. Había ganado dos veces. Entonces empezó la parte más larga de la historia.
La burocracia
El Astrónomo Real, Nevil Maskelyne, era partidario del método rival, el de las distancias lunares, que él mismo acababa de hacer practicable con sus tablas, y veía en el reloj de Harrison un artefacto único que no demostraba nada en general. La Junta pagó a Harrison 10,000 libras a cambio de que revelara el mecanismo, lo desmontara ante testigos y entregara el H4 para que lo copiaran, y retuvo el resto hasta que se demostrara que el reloj era reproducible. Harrison, que tenía ya más de setenta años, construyó un quinto reloj, el H5, y en 1772 consiguió que el propio rey Jorge III lo probara en su observatorio privado de Kew. Funcionó. El rey, según cuenta la tradición, prometió que vería a Harrison tratado con justicia, y en 1773 el Parlamento, no la Junta, le concedió 8,750 libras más. En total cobró algo más que el premio, pero el premio en sí, formalmente, nunca se otorgó. Murió el 24 de marzo de 1776, el día de su 83 cumpleaños.
Lo que vino después
La prueba de que el H4 no era un milagro irrepetible la dio Larcum Kendall, el relojero al que la Junta encargó copiarlo. Su K1, terminado en 1769, navegó con James Cook en su segundo viaje, tres años por el Pacífico sur, y Cook, que había salido escéptico, lo llamó en su diario «nuestro fiel amigo el Reloj». A partir de ahí, el cronómetro marino se hizo instrumento de a bordo, primero de lujo y luego obligatorio, y la hora de Greenwich que esos relojes guardaban es la razón de que el meridiano cero pase hoy por ese observatorio y de que un reloj GMT se llame así. Los cuatro relojes de Harrison se conservan allí, en el Museo Marítimo Nacional, y los tres primeros siguen funcionando.
La relojería de pulsera es hija de esta historia más de lo que parece. Cada vez que leemos «cronómetro» en una carátula, un reloj certificado por su precisión (lo explicamos en el glosario), estamos usando la palabra que nació para los relojes de a bordo; y cada diver o GMT moderno desciende de la idea de que un reloj que guarda la hora de casa puede decirte dónde estás. Si quieres saber cuánto se desvía el tuyo, el medidor de precisión te lo dice; Harrison lo habría usado todos los días.
¿Hay algún tema del que te gustaría que habláramos?
Este blog crece con la comunidad. Si tienes una idea o un tema de relojería que te encantaría ver aquí, proponlo desde nuestra página de contacto y lo tendremos en cuenta para los próximos artículos.
En el formulario, dentro de «Selecciona un tema» elige la opción «Sugerencia de contenido».
Ir a la página de contacto