¿Con prisa? Genera un resumen rápido de este artículo.
Decimocuarta y última entrega de la serie de El Taller. Cerramos con la herramienta que literalmente cierra: la prensa de cajas y cristales. Ya vimos con la navaja de relojero que abrir un fondo a presión es cuestión de maña; volver a cerrarlo es cuestión de fuerza — decenas de kilos — aplicada en perfecta vertical y repartida en todo el perímetro. Los pulgares no pueden, los golpes rompen, y de esa imposibilidad nace esta máquina pequeña y contundente.
Un poco de historia
Los fondos y cristales encajados a presión son tan viejos como el reloj de bolsillo, pero la prensa moderna se hizo imprescindible con dos inventos del siglo XX. Primero, el reloj de pulsera hermético: para que un fondo a presión selle de verdad contra su junta, el encaje debe ser tan apretado que solo una fuerza mecánica uniforme puede vencerlo. Y segundo, el cristal acrílico con anillo de tensión de mediados de siglo: aquellos plexiglás con aro metálico interior se montaban comprimidos, abrazando la caja al expandirse — el sistema que hacía «irrompibles» a relojes-herramienta legendarios. Instalarlos exigía comprimir el cristal entero de forma exactamente concéntrica: nació toda una familia de prensas y garras de cristal (*crystal lift*) que sigue viva en cada banco. La prensa de palanca actual, con sus juegos de matrices intercambiables, es la descendiente directa y universal de aquella época.
Cómo funciona
El principio es una palanca desmultiplicada entre dos tases (matrices) de nailon o aluminio enroscados en los platos superior e inferior. El reloj se sitúa entre ambos y el brazo transforma el gesto de la mano en una fuerza vertical enorme, lenta y perfectamente perpendicular — sin el componente lateral que tiene cualquier empujón manual y que es lo que astilla cristales y dobla fondos. Los juegos de tases van escalonados de milímetro en milímetro, y ahí se juega la partida: elegir el diámetro correcto es el 90 % del oficio con esta herramienta.
La regla de los tases
Grábala a fuego: la fuerza se aplica siempre en el borde, jamás en el centro. Para cerrar un fondo, el tas superior debe apoyar en el anillo exterior del fondo (donde está el encaje) y el inferior debe abrazar el borde de la caja — con el cristal flotando en el hueco del tas, sin tocar nada. Para encajar un cristal, lo mismo invertido: el tas empuja el perímetro del cristal, nunca su cúpula. Un tas demasiado pequeño que presione el centro de un cristal mineral lo convierte en telaraña con un crujido que no se olvida. Segunda regla: la corona fuera de la trayectoria — la tija atrapada bajo una prensa es una tija doblada y, a veces, un calibre dañado.
El cierre perfecto (y la hermeticidad)
El ritual completo de un cierre bien hecho: junta revisada o nueva (una junta aplastada o cuarteada no sella, se cambia por céntimos), un velo de grasa de silicona aplicado con su almohadilla para que la goma deslice y asiente, ráfaga de pera de aire al interior, alinear el fondo (muchos tienen posición: la muesca con la corona), y presión progresiva hasta el clac del encaje — sin martillazos de palanca. Después, la honestidad del oficio: cerrar bien no certifica hermeticidad; eso solo lo hace una prueba de presión, y si el reloj va a mojarse en serio, ese paso es de profesional. Nuestro Conversor de Resistencia al Agua te dice qué puede esperar cada clasificación, y la Calculadora de Servicio, cuándo toca revisar juntas.
Fin de la serie: el banco completo
Con esta pieza terminan las catorce entregas de El Taller: de la lupa que lo hace visible a la prensa que lo deja sellado, pasando por pinzas, destornilladores, el porta calibres, la spring bar, el Jaxa, la navaja, el Presto, el colocador de agujas, la pera, los aceitadores, el Rodico y el cronocomparador. Todas viven resumidas en la Guía de Herramientas del Relojero — y su modo de empleo responsable, en el Manual de Mantenimiento. El banco está servido: buen tic-tac.
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