¿Con prisa? Genera un resumen rápido de este artículo.
Segunda entrega de la serie de El Taller. Hay una regla que sorprende a todo el que se asoma a la relojería: dentro de un movimiento, nada se toca con los dedos. No es manía: la grasa de una huella dactilar es ligeramente ácida y, con los años, deja su firma corroída en el acero pulido. Las pinzas no son una comodidad — son la mano oficial del relojero.
Un poco de historia
Las pinzas son una de las herramientas más viejas de la humanidad — las hay de bronce en el antiguo Egipto —, pero su versión de precisión es hija de dos oficios exigentes: la cirugía y la relojería. Fue en el Jura suizo, corazón de la industria relojera, donde la pinza alcanzó su forma definitiva: a principios del siglo XX, la casa Dumont, fundada en 1905 en un pueblo del cantón del Jura, empezó a fabricar pinzas con una obsesión por el paralelismo de las puntas que las convirtió en el patrón mundial. Su sistema de numeración (#1, #2, #3, #5…) fue adoptado por toda la industria — y por la electrónica y los laboratorios después — y sigue siendo hoy el idioma común: cuando un relojero de cualquier país pide «una cinco», todo el mundo sabe exactamente qué pinza es.
Por qué «antimagnéticas» no es marketing
Una pinza común de acero se imanta con facilidad (basta rozar un destornillador magnético o un cierre de bolso). Y una pinza imantada es un desastre doble: las piezas pequeñas se le quedan pegadas... y transfiere magnetismo a la pieza más sensible del reloj, la espiral del volante. Una espiral magnetizada hace que las vueltas se peguen entre sí y el reloj adelante varios minutos al día. Si tu reloj adelanta de golpe, esta es la causa más común — puedes comprobarlo con nuestro Medidor de Precisión.
Por eso las pinzas de relojería se fabrican en aleaciones no magnetizables: acero inoxidable tratado, aleaciones de cobalto o titanio.
Los números: qué significa una pinza «#3»
La nomenclatura clásica (heredada de fabricantes suizos como Dumont) usa números. Las que importan para empezar: la #2 / AA, robusta y de punta media, para uso general y piezas grandes como puentes; la #3, la todoterreno del taller, de punta fina; y la #5, de punta extrafina, reservada al trabajo más delicado (espirales, muelles minúsculos). También existen pinzas de latón, más blandas que el acero: se usan para manipular piezas acabadas sin riesgo de rayarlas.
La técnica: presión mínima
El error universal del principiante es apretar. Una pinza es una catapulta en potencia: si la presión supera el punto justo, la pieza sale disparada — los relojeros llaman a esos vuelos «piezas al quinto continente», y hay tornillos que jamás vuelven a aparecer. La técnica correcta es sujetar con la presión mínima que impida que la pieza se caiga, ni un gramo más, y mover el brazo entero, no la muñeca.
Consejo de oro: trabaja siempre dentro de una bandeja con bordes o sobre una esterilla de banco. La primera pieza que se te escape lo agradecerá.
Mantenimiento: todo está en las puntas
Una pinza vale exactamente lo que valen sus puntas. Deben cerrar perfectamente paralelas y al mismo tiempo en toda su superficie: si solo tocan en el extremo o cierran torcidas, la pieza rotará o saldrá despedida. Las puntas se revisan a la lupa y se rectifican con una piedra de afilar fina, con pasadas suaves y paralelas. Y jamás se usan como palanca ni como destornillador improvisado: doblar una punta de calidad es cuestión de un segundo.
En el taller
El equipo completo está en la Guía de Herramientas del Relojero. Anterior entrega: la lupa de relojero. Siguiente: los destornilladores, donde el tamaño lo es todo.
¿Hay algún tema del que te gustaría que habláramos?
Este blog crece con la comunidad. Si tienes una idea o un tema de relojería que te encantaría ver aquí, proponlo desde nuestra página de contacto y lo tendremos en cuenta para los próximos artículos.
En el formulario, dentro de «Selecciona un tema» elige la opción «Sugerencia de contenido».
Ir a la página de contacto


