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Cuando pensamos en la carrera espacial, pensamos en cohetes Saturno V, en Neil Armstrong y en la bandera de Estados Unidos. Pero hubo un pequeño héroe mecánico de 42 milímetros que sobrevivió donde los humanos no podían hacerlo sin un traje presurizado. Esta es la historia de cómo el Omega Speedmaster se convirtió en el "Moonwatch".
Muchos creen que la NASA encargó a Omega fabricar un reloj para el espacio. La realidad es mucho más interesante: la NASA fue a una tienda, compró varios cronógrafos de incógnito y los torturó hasta destruirlos.
Conviene recordar que el Speedmaster no nació para volar. Omega lo había presentado en 1957 como un cronógrafo deportivo pensado para la automoción, con su característica escala taquimétrica en el bisel para medir velocidades. Que aquel reloj de pista de carreras acabara orbitando la Tierra fue una de esas casualidades afortunadas que la historia se encarga de convertir en leyenda.
1964: La búsqueda de un cronógrafo oficial
A medida que el programa Gemini y Apolo tomaban forma, los astronautas exigieron un reloj de pulsera fiable. Necesitaban un cronógrafo para cronometrar encendidos de motores y caminatas espaciales. Si los ordenadores de a bordo fallaban, el reloj era su único salvavidas para calcular el reingreso a la Tierra.
La NASA envió una solicitud anónima a varias marcas. Solo cuatro respondieron o fueron seleccionadas para la fase final: Rolex, Longines-Wittnauer, Hamilton y Omega.
Las Pruebas de Tortura de la NASA
Lo que ocurrió en los laboratorios de la NASA en 1965 no fue un test de calidad; fue una carnicería mecánica. El ingeniero Jim Ragan diseñó una batería de pruebas pensada para destruir cualquier mecanismo:
Los resultados fueron brutales:
Solo quedó uno. El Omega Speedmaster no solo sobrevivió, sino que mantuvo una precisión aceptable después de todo el castigo. El 1 de marzo de 1965, fue declarado "Flight Qualified for all Manned Space Missions".
Apolo 11: El detalle que pocos conocen
El 20 de julio de 1969, el módulo lunar Eagle alunizó. Pero aquí hay un dato que a menudo se olvida: Neil Armstrong no llevaba su reloj puesto cuando pisó la Luna.
Durante el descenso, el reloj electrónico de a bordo del módulo lunar falló. Armstrong, como buen comandante, dejó su Omega Speedmaster dentro de la nave como respaldo de seguridad crítico.
Fue Buzz Aldrin quien bajó la escalera con su Speedmaster atado al traje espacial con una correa larga de velcro. En ese momento exacto, el Speedmaster se convirtió en el primer reloj usado en otro mundo.
¿Qué pasó con el reloj de Buzz Aldrin?
Mientras que el reloj de Neil Armstrong se conserva en el Museo del Aire y el Espacio en Washington D.C., el reloj de Buzz Aldrin (el verdadero primer "Moonwatch") es uno de los mayores misterios de la relojería.
En 1970, Aldrin envió el reloj al Smithsonian, pero el paquete desapareció en el camino. Nunca llegó. A día de hoy, se considera el "Santo Grial" perdido de la relojería. Si apareciera mañana, su valor sería incalculable.
Apolo 13: el reloj que ayudó a traerlos a casa
Si la Luna dio fama al Speedmaster, fue el desastre del Apolo 13 lo que demostró para qué servía de verdad. En abril de 1970, tras la explosión de un tanque de oxígeno, la tripulación tuvo que apagar casi todos los sistemas para conservar energía y refugiarse en el módulo lunar como bote salvavidas. Sin ordenadores fiables, la precisión de cada maniobra dependía del pulso humano y de un cronógrafo mecánico.
Para la corrección de trayectoria que debía colocarlos en el ángulo correcto de reentrada, los astronautas tuvieron que cronometrar a mano un encendido del motor de 14 segundos. Jack Swigert usó su Omega Speedmaster para medir ese intervalo con exactitud, mientras la tripulación controlaba la nave de forma manual. La maniobra salió bien y los tres hombres regresaron sanos y salvos. Por aquel papel, Omega recibió de la NASA el prestigioso Silver Snoopy Award, el reconocimiento que los astronautas conceden a quienes contribuyen a la seguridad de las misiones.
La evolución de los calibres del Moonwatch
El reloj que la NASA aprobó en 1965 latía gracias al célebre calibre 321, un cronógrafo de cuerda manual con rueda de pilares heredado de un movimiento desarrollado junto a Lemania. Es el corazón que estuvo presente en los primeros vuelos del programa Apolo y, por ello, el más codiciado por los coleccionistas.
A finales de los años sesenta, Omega sustituyó el 321 por el calibre 861, una evolución más sencilla y económica de fabricar que cambiaba la rueda de pilares por una leva. Con ligeras variantes, ese movimiento alimentó el Moonwatch durante décadas, primero como 861 y más tarde como calibre 1861, la referencia que muchos aficionados asocian con el Speedmaster Professional moderno. Pese a los cambios internos, Omega mantuvo casi intacta la fórmula visual: caja asimétrica, esfera negra mate, escala taquimétrica y cristal acrílico, las mismas señas que viajaron al espacio.
Esa continuidad es deliberada. El Speedmaster es uno de los pocos relojes que sigue fabricándose con un movimiento de cuerda manual y un cristal de plexiglás en pleno siglo XXI, no por nostalgia caprichosa, sino porque cualquier cambio drástico podría comprometer la certificación que tanto costó ganar. Comprar un Moonwatch hoy es comprar una pieza de ingeniería que apenas ha necesitado reinventarse.
Por qué sigue siendo una leyenda
El Omega Speedmaster no se ganó su lugar en la historia con campañas publicitarias ni con cifras de precisión récord, sino superando una prueba que ninguno de sus rivales aguantó. Su mito se sostiene sobre hechos verificables: fue el cronógrafo elegido por la NASA, el primer reloj en la Luna y una herramienta que ayudó a salvar vidas cuando la tecnología falló. Pocos objetos cotidianos pueden presumir de una hoja de servicios semejante.
Omega ganó la lotería del marketing ese día, pero se lo ganaron a pulso. No pagaron por estar allí; construyeron una máquina tan dura que la NASA no tuvo otra opción que elegirla.
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