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Hay marcas que gritan y marcas que trabajan. Citizen lleva más de un siglo en el segundo grupo: pocas casas han puesto tantos relojes en tantas muñecas diciendo tan poco de sí mismas. Esta es la historia del «ciudadano del tiempo» — y de por qué su nombre es, literalmente, una declaración de principios.
Un alcalde, un reloj y un deseo
La historia empieza en 1918, cuando un joyero de Tokio funda el Instituto de Investigación Relojera Shokosha. En 1924, el taller termina su primer reloj de bolsillo, y aquí llega la escena fundacional: el alcalde de Tokio, Shinpei Gotō, lo bautiza «CITIZEN» con un deseo — que el reloj, entonces un objeto de lujo, llegara a ser accesible para todos los ciudadanos. La empresa adoptó el nombre en 1930, y aquel deseo municipal se convirtió en el plan de negocio más longevo de la relojería japonesa.
El siglo de las primicias silenciosas
Mientras Seiko libraba sus guerras de precisión, Citizen coleccionaba primeros puestos con discreción. En 1970 lanzó el X-8 Chronometer, el primer reloj del mundo con caja de titanio — el metal ligero e hipoalergénico que hoy es su seña con el Super Titanium endurecido. En 1976 presentó uno de los primeros relojes analógicos alimentados por luz, la semilla de lo que en los 90 se bautizaría Eco-Drive: una célula solar bajo la esfera que carga una batería recargable y elimina para siempre el cambio de pila. Es probablemente la tecnología relojera más práctica jamás inventada — puedes ver cómo funciona en nuestra página de movimientos solares.
La lista sigue: en 1985, el Aqualand, primer reloj de buceo con sensor de profundidad electrónico, un instrumento que los buceadores adoptaron como salvavidas; en los 90, los multibanda radiocontrolados que se ponen en hora solos; y en 2011, el Satellite Wave, pionero en sincronizarse con satélites GPS. La casa que quería relojes para todos los ciudadanos acabó tomando la hora del espacio.
Miyota: el imperio invisible
La parte que casi nadie ve: en 1959 Citizen fundó Miyota, su fábrica de movimientos en Nagano, hoy uno de los mayores productores de calibres del planeta. Si tienes un reloj de micromarca, es muy probable que dentro lata un Miyota: el veterano 8215, el fino 9015 o el 8210 que llevamos en nuestro Citizen Tsuyosa de las Obras Maestras. Igual que Seiko con sus calibres NH, Citizen no solo compite con la industria: la abastece.
Y el imperio creció hacia fuera: en 2008 compró la histórica americana Bulova; en 2016, las suizas Frederique Constant y Alpina; y a través de La Joux-Perret, hasta la alta relojería inglesa de Arnold & Son. El grupo Citizen es hoy una constelación que va del cuarzo de batalla al tourbillon — aunque la esfera diga otra cosa.
La filosofía: mejor, no más caro
Citizen nunca jugó a ser lujo. Su terreno es la mejora incansable de lo cotidiano: cajas que no pesan, relojes que no piden pilas, esferas que se leen a oscuras, precisión de ±5 segundos al año en sus cuarzos The Citizen — la gama con la que compite silenciosamente contra los mejores del mundo. Es la misma filosofía que hace del Tsuyosa un fenómeno: dar zafiro, manufactura y acabados finos al precio de una correa de las marcas que gritan.
El ciudadano en nuestra colección
En Momento Relojero tenemos la prueba viviente de este siglo de historia: nuestro Tsuyosa NJ0151-53W, con su esfera multicolor y su calibre 8210 a la vista. Cada vez que su rotor gira, repite en miniatura la promesa del alcalde Gotō: relojería de verdad, para todos los ciudadanos. Cien años después, la promesa sigue en hora.
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